martes, 10 de febrero de 2026

En definitiva... que estudies más: palabra "del author"

El prólogo que le dirigía Miguel de Fuenllana a sus lectores en 1554, con algunas adaptaciones ortográficas y de signos de puntuación (en algunos casos lo dejo como está porque no encuentro manera buena de aclarar el sentido).

No está tan afilado como un texto de Cervantes, pero aspira a algo igualmente florido:

Si entre los antiguos y grandes varones era loable costumbre (prudente lector) que para tratar las cosas arduas - no confiados en la fuerza de sus entendimientos ni en lo que por sí mismos alcanzar podrían - se esforzaban a invocar el auxilio celestial, con cuanta más razón debo yo hacer lo que ellos hacían para tratar de tan encumbrada ciencia como es la música.

No pidiendo para esto el socorro venido del monte Parnaso, ni de la Fuente Pegasea: que los que andaban sentados en la sombra de la muerte pedían. Más levantando los ojos del ánima a otro más encumbrado monte, que es la triunfante Jerusalén, donde los cortesanos del señor moran: implorando la suma bondad del Espíritu vivificador que quiso en lenguas de fuego descender sobre el apostólico colegio, para que esta [¿anima?, ¿bondad?, ¿lengua?] mía alcanzar pueda una pequeñica centella para explanar lo que a mi entendimiento tuvo por bien de dar a entender [¿el espíritu vivificador?, ¿el anima?], de esta inestimable facultad [es decir, la Música].

A quien, no con menos razón por la multitud de sus sutilezas, el título de la dialéctica se puede imponer: llamándola arte de las artes y ciencia de las ciencias. Cuya definición, según el divino Isidoro afirma, es ciencia de armonía que consiste no solamente en el sentido, pero también en el canto, como el glorioso Agustino significó.

De la cual me parece, según su gran dificultad, que todo lo que sus excelencias escribieron es lo menos que de ella se puede escribir, porque excede las fuerzas humanas. Y no será necesario, para cosa tan notoria, tratar de la estimación en que los grandes príncipes siempre la tuvieron. Porque considerando que con ella se sirve Dios en el cielo, ¿Quién será tan desconocido que no la desee gozar en la tierra?.

Los gloriosos santos que de ella más gustaron, estos son los que más grandezas dijeron. Y muchos emplearon sus ejercicios en entender y gozar la suavidad de esta ciencia; y en quererla enseñar a otros, como parece por muchos libros que en ella dejaron escritos.

Los beatísimos Agustino y Severino parece[n] haber abierto camino para otros, que por no reiterar sus loores, me quiero abrazar con la brevedad: y traer a la memoria sus inventores:  parecería inventar otro género de prolijidad. Porque nadie hay que ignore lo que por tan auténticas escrituras sería divulgado. Pero ya que fuese Tubal primero inventor como las Sagrada Escritura nos cuenta, o Pitágoras como la caterva de los griegos concede, ni hace mucho a nuestro propósito, ni por dejarlo de hacer se recibe detrimento.

Otros que, por otras causas movidos, creen que Lino y Anfión fuesen su principio: no es cosa importante negárselo a ellos por dárselo a Apolo.

Hasta que, por ser ejercicio lleno de virtudes, tiene por cierto no haber sin él disciplina perfecta, como los sabios antiguos quieren. 

Una cosa se decir y que no se me podrá negar: que el que no fuere amador suyo, por justa sentencia merece que nadie lo sea de él.

Porque cosa con que tanto se sirve Dios, razón es que con ella tengan contento los hombres; por ser tan cualificada, que aún la máquina del cielo y tierra, no quiso su potentísimo artífice dejarla sin esta admirable concordancia, como los santos escritores de ella dan cierto testimonio. [alusión a la idea de la "musica mundana" en el sentido que le da Boecio al termino]

Y el real profeta no careciendo de este conocimiento, nos da a sentir lo que de ella sintió: persuadiéndonos que las alabanzas que al Señor hubiésemos de dar, con la dulcedumbre de la vihuela las hubiésemos de ofrecer. La cual puesta en sus manos bastaba a expeler los demonios.

Y no sería sujeto a reprensión (antes de mi otros lo hicieron) aprovechándome de las historias del gran músico Orfeo (que después sucedió), que con la suavidad de su vihuela a los ministros de Plutón hizo cesar su justicia. [Y] a cuya imitación y memoria me pareció convenible cosa intitular esta obra Orphenica lyra.

No porque se piense que de esta similitud se me pueda pegar a algún polvo de vana jactancia. Pero, como sea de los primeros inventores y padre, por antigüedad, de esta arte;  imitándole en el nombre, ayude yo a sustentar su inmortal fama.

Pues el famoso poeta Juan de Mena en su coronación no dejó de invocar esta lira, sin otros muchos ejemplos que en la religión cristiana tenemos de que nos sobran autoridades para lograrlos, y no falta fe para creerlos.

Ni quiso nuestro redentor venir a nacer en el mundo sin que nos manifestase la dulcedumbre de arriba.

Y en las academias de Atenas se tuvo tanta cuenta con la estimación de esta ciencia, que el que no sabía tañer y cantar, por sublimado que fuese en las letras, era despreciado sin la música.

Temístocles es buen testigo de su vergonzoso disfavor, por cuya causa el filósofo Sócrates deprendió en la senectud lo que no hizo en la mocedad.

Y el poderoso Herón, como cuenta el Petrarca, entre los tormentos de la muerte se quejaba diciendo, que no le pesaba tanto morir tan gran príncipe, como de faltar en la tierra tan gran músico.

Y aunque los efectos de esta admirable facultad son muchos, sus diferencias son tres solas, según el divino Isidoro: la primera es armónica, que de canto de voces consta. La segunda orgánica, que solamente del soplo consiste. La tercera es rítmica, que del tocamiento de los dedos recibe los números.

Y aunque todas las tres partes musicales estén a la humana naturaleza tan agradables y bien sonantes: ésta es [la tercera] la que sobre todos tiene el primado: por el toque que con el espíritu vivo se hace (como es en la vihuela), y por la proporción y conformidad que con la humana voz tiene.

Y por tanto es mayor su perfección, porque es de cuerdas, que en latín se dicen chorde. Y aunque ella sea dicción griega, si origen latina la quisiésemos dar, muy a proporción le vendría que naciese de cor que significa corazón. Porque, así como el pulso de aquel miembro tan sutil y generoso es en el pecho, así el tocamiento de él es en la vihuela.

Y por ser de tantas circunstancias y primores adornada, y de tanta dificultad considerada, me dí tan de veras a ella que fácilmente pudiera quedar sin mí, porque el fruto de un largo trabajo de toda la vida, no se alcanza sino a trueque de la salud.

No obstante muchas contradicciones que tuve, viendo ser tan dificultoso su fin, y sus secretos tan negados a la humana flaqueza. Porque conocí según la teórica y práctica ser este instrumento más sujeto a la voluntad del que lo supiere, que otro alguno, por causa de su armonía y compostura. La cual hace muchos efectos, y en los corazones más generosos allí hace mayor aposento, como los escritores cuentan: que si a unos conmueve profana alegría, a otros provoca a Devoto placer;

[La vihuela] quien a los hombres de los humanos cuidados alza y eleva en celestial contemplación; quien saca del encerrado pecho las piadosas lágrimas, que por el rostro corren; quién podrá decir lo que por experiencia se suele ver: que entrañas hay tan aceradas, que su ensalzada suavidad no las convierta en blandura

Tiene [la vihuela] tan largo su señorío, que ninguna edad, ni dignidad le niega su jurisdicción. Refrena la Ira, multiplica la Concordia, es destructora de los vicios, causadora de loables costumbres, los cuidados destierra, los heroicos ánimos para cosas fuertes inflama.

Hasta el sarracénico Avicena conoció su propiedad, diciendo que mitiga todo dolor. Y la causa (amado lector) que tan penosas fatigas me hizo tomar, y que por tan inusitadas sendas me forzó a ir, velando las noches, y no descansando los días (mayormente estando yo en esta corporal tiniebla, en que el Señor me quiso poner) fue por le servir con el mismo don de su larga mano recibido, dándole alabanzas por lo que en mí hizo: para provocar a otros que lo mismo quieran hacer, trabajándome a mí por aprovechar a los que en esta facultad se quieren ejercitar.

Porque conforme a la evangélica ley, el que no diere de su talento a ganancia, por muy cierto debe tener su castigo. Que poco provecho hace en la República el que su tesoro tiene escondido en el arca.

Y movido con esta benigna voluntad y no menor caridad, quise componer esta obra; cogiendo de las mejores flores, hacer este sabroso panal, con que todos huelguen, y muchos deprendan; dividiéndola en seis partes de este modo:

En la primera van dúos, y música de a tres de buenos autores, y fantasías mías a tres [voces] al tono de cada una de las composturas: que es una buena disposición para principiantes: que les sirva como de A B C.

En la segunda se ponen motetes a cuatro [voces] de excelentes autores, y con cada uno de ellos una fantasía mía a cuatro, del mismo tono del motete.

En la tercera hay motetes a cinco y a seis, música de mayor dificultad y que pide más el estudio que la pasada [es decir, la anterior]. Y con todo esto cualquiera la podrá bien tañer, si de veras quiere trabajar, y en la precedente [música] estuviere aprovechado. Porque todo ello antes que se cifrase en los papeles se experimentó muchas veces en la vihuela. Y no hay cosa en este libro que primero no se haya puesto a tañido, que cifrado. Porque con esta certidumbre, tomé este atrevimiento de poner las dificultades que aquí se contienen. [el énfasis es mío, no de Fuenllana]

En la cuarta pone música más doméstica y para desenvoltura de manos: y son composturas de a tres y a cuatro.

En la quinta se hallará música muy galana también para desenvolver las manos, cuyo concierto se hallará en la tabla de la obra, y adelante se pone más por extenso.

En la sexta y última se ponen tres ensaladas (bomba, justa, jubilate), con alguna música compuesta y fantasías mías para vihuela de cinco órdenes; juntamente música compuesta y fantasías para vihuela de cuatro órdenes, que dicen guitarra; y otras obras de contrapunto, y los ocho tonos con algunos avisos y consonancias y un motete que dan fin al libro, según más copiosamente constará por las tablas de cada libro, como ya he dicho.

Dispúseme a dar esta orden, porque el que quisiere seguirla la pueda ir subiendo por sus grados a lo más difícil del tañer, que es lo que me ha movido, y yo más querría, y pretendo.

Y si alguno alguna dificultad pusiera, creyendo que paso los límites de la posibilidad, yo le ruego a este tal que el tiempo que perdiese en dudar, lo ocupase en estudiar. Y de esta manera dándose de veras al estudio, confíe, que conseguirá el fin deseado.

Este último párrafo es demoledor.

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